
Dar vida a una colección de poemas del medievo desde el punto de vista teatral no resulta fácil, incluso cuando los escritos ensalcen el placer de vivir o el goce carnal, que son tan propicios para escenifica. El reto propuesto por La Fura del Baus aportó sin duda un tanto de excentricidad y no tanto de innovación con un resultado, desde el punto de vista teatral, que se puede decir que fue insatisfactorio. La producción de esta Carmina Burana por parte de la Fura des Baus, nos pareció un “dejá vu”, o sea, un aprovechamiento del montaje visto de La Creación de Haydn que presentaron este verano en la Quincena Donostiarra. Se mantuvo la misma estructura básica a base de grúas que elevaban a las alturas a los intérpretes, acrobacias y demás parafernalia que nos indicaba que estábamos presenciando una especie de varieté. En la propuesta hay filmaciones en el fondo escénico y sobre todo un abundante juego luminotécnico muy interesante. No se puede realmente catalogar como una “burlesque”, pero el montaje de la Fura ha estado muy cerca del vaudeville. En el intento de teatralizar la famosa obra de Carl Orff, seis figurantes femeninos apenas sabían cómo moverse en escena teniendo como base una elemental coreografía, con lo que el protagonismo se centró en dos vedettes que subían y bajaban en la grúa y se metían en peceras. Las expectativas indicaban a priori más audacia, más valentía en la exhibición erótica. Desde el punto de vista vocal, no podemos calibrar las voces, porque, por desgracia, el uso de los altavoces personales no solo desvirtuaron su color, sino que ampliaban falsamente su volumen. De ahí que la soprano Amparo Navarro pareciera Tebaldi y las quince voces del coro pareciera que completaban el Coro de la Opera de Bilbao o el Orfeón Donostiarra. Al maestro César Belda lo vimos en la filmación del fondo de la escena y nos pareció interesante ver la técnica de su dirección de cara al público. En fin un espectáculo llamativo la primera vez que se presencia, un intento de escenificar unos poemas que cuentan una acción y su lugar de desarrollo y en los que Carlos Pradissa agudiza su ingenio creativo. Así, consigue que la Carmina Burana tenga movimiento y color y no que se sujete al estatismo coral.

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