UN BARÍTONO GRANDE Y SIMPÁTICO

 

 

Recital de Canto: Solista: Bryan Terfel  (Bariton0). Obras de Veridi, Mozart, Tchaikovski, Gounod, Boito y Wagner. Orquesta Sinfónica de Navarra. Dirección Musical: Gareth Jones. Baluarte de Pamplona 14-IV-18.

 

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Conocíamos desde hace tiempo las cualidades y el arte del barítono Bryan Terfel, pero no conocíamos la simpatía y sencillez con que afronta sus recitales.  Desde el “Catálogo” de Lepporello  del Don Giovanni, hasta las canciones  populares de su tierra galesa, llamó casi más la atención su naturalidad y cercanía, que la de su poderosa voz.

La primera impresión que emana  como cantante es la de la facilidad y la de una gran musicalidad. De ahí que domine su voz con destreza y una a su limpio fraseo, la modulación y la ductilidad vocal. En la primera parte del concierto quiso ofrecer arias propias de Bajo, como “L Veau D´or”  del Fausto de Gounod o el aria del Mefistófeles de Boito  “Son lo spirito che nega”,  sin duda para que comprobáramos la amplitud de su voz. Sin embargo,  su timbre de color más bien lírico le delataba y le situaba más cómodamente como barítono. Se acopló mucho mejor a las arias de Sachs y de Wotan de Wagner porque su voz admite tensión y resistencia y no tuvo ninguna mácula para sus respectivas interpretaciones.

Bryan Terfel se quedó con el público no solo porque silbó como un auténtico experto gomero, sino porque haciéndose pasar por showman apareció con un inmenso barrigón en el escenario para cantar al barrigudo Falstaff ante la sonrisa general.

Añorando a su patria galesa, ofreció dos propinas, las dos  preciosas canciones populares con el común denominador de la melodía bucólica placentera y suave.

 

 

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UNA TRAVIATA POPULAR

La Traviata de G.Verdi. Reparto: Elena Kuznetsova (S); Victor Mendelev (T); Valeri Khraponov (BAR); Coro y Orquesta de la Opera Rus de  Rostov. Dirección Musical : Mikhail Pabuzin. Palacio Euskalduna 24-III-18.

                                   

La compañía de Rostov eligió bien el título para presentarse en Bilbao, pues no en vano La Traviata es una obra que siempre gusta se cante o no se cante bien. La visita extemporánea o inesperada de una compañía para representar una ópera, siempre causa cierta inquietud en la valoración cualitativa general y a veces las expectativas no favorables se allanan cuando surge una agradable sorpresa en la voz de algún solista. En esta ocasión no fue el caso, pero sin embargo,  tal vez por el juego de luces o por el clasicismo de un vestuario de época o por un coro homogéneo y entonado o incluso por los números de baile de los gitanos en la fiesta, la representación alcanzó la mínima dignidad exigida. No aludimos a las voces, porque la voz de la soprano protagonista, Elena Kuznetsova,  estuvo lejos de la frescura y de la limpieza tímbrica y además no quiso saber nada de las agilidades del primer acto ni de los agudos que contiene su partitura. Su partenaire, el tenor Victor Mendelev, enseñó una voz de agradable color, igual en sus registros y cantó afinado y sin rehuir del agudo. Tal vez se le apreció un tanto falto de poderío, probablemente por su emisión engolada, pero el caso es que no tenía dificultad en los escollos complicados de la zona alta del pentagrama. En realidad fue él quien le dio una pátina de calidad al reparto, pues el barítono Khraponov se dedicó a beber de la taza de café en el hermoso dúo del segundo acto y luego cantó un “Di Provenza” sin ternura ni elegancia. Gustó el coro, siempre conjuntado y sobre todo en la escena del baile de los gitanos y toreros, apoyados por unos excelentes bailarines quienes fueron los que verdaderamente dieron valor a todo el conjunto. La orquesta bajo la batuta del maestro Mikhail Pabuzin sonó muy irregular, pues a veces marcaba un ritmo infernal y en otras ocasiones una desesperante lentitud. De todos modos, sean bienvenidos este tipo de compañías de ópera pues dan la oportunidad a muchos aficionados de presenciar títulos a precios económicos sin ningún ánimo crítico, tan sólo de apreciar una buena música o un título por primera vez.


EXQUISITEZ BARROCA

“Ariodante” de G.F. Haendel. Reparto: Kate Lindsay (M); Chen Reiss (S); Hila Fahima (S); Christophe Dumaux (Falsetista); Rainer Trost (T); Wilhem Schwinghammer (B); Antony Gregory (T). Orquesta Les Arts Florissantes, Dirección Musical: William Christie. Baluarte Pamplona 16-III-18.

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Tuvimos el placer musical de asistir en el Baluarte de Pamplona a una ópera en versión concierto que únicamente los aficionados de Barcelona, Madrid y los afortunados  pamploneses tendrán la suerte de disfrutar.

Con el cobijo de la reconocida y excelente orquesta  Les Arts Florissants que dirige el especialista William Christie y unas voces propias para el canto coloratura, todas ágiles, afinadas y con una gran sensibilidad musical, presenciamos una versión exquisita. Tanto en el canto melismático  como en las trepidantes strettas de endiablada rapidez y vertiginoso fraseo, las voces compitieron entre sí con el fin de obtener la claridad en el virtuosismo perseguido. Al sentimiento y al gusto reflejados en el canto de la soprano Chein Reiss  que hizo de Givevra, replicaba la fresca y fácil voz de la también soprano Hila Fahima. La voz de la primera más corpórea y la de la joven israelí, más natural y más ligera.

El rol protagonista lo encarnó la mezzo Kate Lindsay. Una artista con un desbordante gusto y un absoluto control del canto, eso sí en baja intensidad. Provista de una excepcional técnica vocal, la mezzo norteamericana ofreció  un amplísimo abanico de recursos técnicos inherentes al canto haendeliano y maravilló con sus trinos, arpegios y en general con una voz muy bien articulada. Su principal y más conocida aria “Scherzo Infida” del segundo acto, con un tempo  algo más lento de lo habitual, nos llegó de manera muy directa gracias no solo a su bello timbre, sino al sentimiento íntimo y la profundidad  de su hermoso canto.

En el apartado vocal masculino, nos gustó el falsetista francés Christophe Dumaux por su facilidad y gran técnica. Su ágil voz  no  nos pareció que tuviera un bello timbre y hasta se nos mostraba un tanto asordinada, pero cuando le tocó enseñar en alguna exigencia de poderío, como en el caso de su aria  “Dover, Giustitia, Amor”, su extensión y facilidad en acudir a la alta tesitura se hicieron patentes. Nos gustó también el timbre de voz que exhibió Rainer Trost encarnando a Lurcanio y cumplió con su cometido el bajo alemán Schwinghammer, aunque en el aspecto de la afinación y la musicalidad estuvo bastante lejos del resto de los compañeros.

Felicitemos una vez más al maestro William Christie, autor de que Les Arts Florissantes suene tan bien, tan compacto y con tanta finura. Al maestro le bastaba un ademán con su mano izquierda para que el conjunto obedeciera como un solo instrumento. No en vano el magnífico maestro norteamericano es uno de los grandes especialistas del género barroco y muy reconocida su labor investigadora. William Christie disfrutó dirigiendo a una orquesta obediente y atenta, sin apenas volverse para mirar a su espalda al intérprete porque ya sabía sobre su seguridad interpretativa.


GRANDIOSO COLOFÓN MUSICAL

Cantata Alexander Nevsky de S.Prokofiev. Solista : Ainhoa Zubillaga (M): Coral de Bilbao y Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Andrew Litton.Palacio Euskalduna 4-III-18

                      Fotograma de la careta de la productora del filme “Alexander Nevsky”

El cierre del ciclo Musika-Música de este año nos deparó la grandiosidad de una interpretación justamente merecida de una gran cantata. La visión que se divisaba en el escenario completamente abarrotado con la ingente orquesta de Galicia y el pleno de la Coral de Bilbao, presagiaba de antemano su espectacularidad. Como ya se sabe, la compuso Prokofiev para la película de Eisenstein y narra la batalla en el rio Neva entre las tropas de zar Alejandro y los teutones.  Desde el primer lento movimiento, hasta el apoteósico final,  el maestro Andrew Litton nos mostró su gran pragmatismo y veteranía. El director norteamericano con gesto nervioso y llamativo se lució dirigiendo al coro con claridad  y exigiendo a sus voces el sostén máximo en la tesitura alta y el poderío en los tutti capaz de proporcionar más de una centena de voces. La brillantez con un marcado ritmo de la exultante “levántate, oh pueblo ruso”, la resistencia de los componentes de la Coral en el movimiento de “la batalla sobre el hielo”  y sobre todo el apoteósico finaL de obra, mantenido hasta el agotamiento vocal por la exigente batuta del maestro Litton, fueron muestras inequívocas de un coro en pleno apogeo, vibrante y con empaste. Mención aparte merece la participación de la mezzo Ainhoa Zubillaga que intervino en la hermosa canción del “Campo de los muertos” con una voz cálida, aterciopelada, llena en los graves y  con un muy bello color.  Es fácil adivinar por ello, que fue una triunfadora gracias a sus méritos vocales al cantar con voz amplia, andrógina y dando mucho sentido a la tristeza de las palabras. Un grandioso colofón musical.


GRAN GENEROSIDAD VOCAL

Musika-Música. “The  English Songbook” . Solistas: Christofer Robertson (BAR); Rubén Fernandez Aguirre (PIANO). Obras de Augham Williams y Peter Warlock. Palacio Euskalduna 3-III-18.

                             

Con el título de “The English Songbooks” se alude al libro que contiene una colección de canciones compuestas por varios músicos en aquella Inglaterra de finales del XIX. Ocurrió que la población inglesa creció sobremanera en ese citado fin de siglo, con lo que aumentó también la afición a la poesía y al piano. Una época en la que se empezó a fijarse en temas populares y llegar finalmente a la compilación de estas canciones. Es fácil adivinar el estilo de muchas de ellas, unas canciones que se solían interpretar al calor de una chimenea. El intérprete de algunas de estas canciones, concretamente de Vaugham Williams y de Peter Warlock, fue el barítono Christofer Robertson.  Para una voz grande como la suya, es decir, voluminosa y amplia, es más fácil cantar a plena voz que apianando o a media voz. Se nota aún mucho más en una sala de cámara e incluso las canciones llegan a disfrazarse de un estilo no requerido.  No en todas se impone la rotundidad, no en todas hay que cumplir con exigencias de potencia. Nos pareció que el cantante prefirió ser generoso vocalmente, o sea, a enseñar su hermosa  y poderosa voz en todo momento. La consecuencia es que apenas hubo modulación, apenas acudió a la media voz, dando la impresión de avasallar la elegancia. Christofer Robertson nos pareció que cantó con sentimiento, entregado y generoso en el esfuerzo y cantó con una voz extensa y estentórea, pero por el contrario, descuidó la moderación y la matización. Esto último vino del teclado de Rubén Fernández Aguirre, quien sí cuidó del matiz y apuntó el estilo preciso de las canciones para abordarlas según las características de cada una de ellas. A la amplitud y sonoridad de la voz del barítono, se contrapuso la precisa compañía del pianista.


LA DULZURA DE UNA LIEDERISTA

Musika-Míusica. Canerata Royal Concertgebouw. Solista: Laetitia Gerards (S).  Obras: Tres Poemas de Ravel y Tres Canciones Scherezade de Ravel. Palacio Euskalduna 2-III-18.

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 No esperábamos que una joven soprano ofreciera una versión tan elegante de los poemas compuestos por el poeta  Mallarmé y musicados por Ravel.  Ello, no solo por el idioma francés y sus matices e intencionalidad de la poesía, sino porque enseñó una voz muy bella, de muy agradable color. A pesar de sus casi veinticinco años nos pareció una consumada liederista interpretando canciones en las que la voz, desnuda,  apenas se vale de una compañía musical independiente y  llena de sensualidad. Nada más terminar los poemas, la claridad vocal de la soprano dio paso a la cristalina del arpa para interpretar la Introducción y Allegro del mismo Ravel. Una obra que evidenció la destreza de la arpista y de los componentes del  conjunto holandés. Volvió la voz tras el pequeño paréntesis y volvió la dulzura de una música cromática que acompañaba, sin parecerlo, a la natural bella  voz de la soprano Gerards. Gustó la música de Ravel, tan envuelta en nebuloso misterio, con sus largos silencios vocales. Tanto los basados en su admirado poeta Mallarmé, como en el sueño por tierras exóticas que ideó en su fallida ópera sobre Scherezade, la expresión de la cantante  se hizo intensa y los sentimientos alcanzaron el climax amoroso de lo que decían los versos.  La originalidad  de Ravel reside en su  fina orquestación y en una gran sensibilidad y así lo reflejó la joven soprano y un conjunto también joven y de calidad como es el Concertgebouw de Amsterdam.


GRAVE SOLEMNIDAD PARA KULLERVO

Musika- Música. Obra: Kullervo de J.Sibelius. Reparto: Johanna Rusanen (S); Kevin Greenlaw (Bar9. Coro Easo y Coral xde Bilbao. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Director: Erik Nielsen. Euskalduna 1-III-18.

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Se inauguró con brillantez el nuevo ciclo de Musika-Música  con la hermosa y difícil  obra  “Kullervo”, del compositor finlandés Jean Sibelius.  Se trata de una narración  acerca de ese trágico personaje , Kullervo, que requiere un gran coro con sólo voces masculinas, además de una mezzo y un barítono. El coro Easo donostiarra y la Coral bilbaína se agruparon para la ocasión y nos relataron  con grandeza la suite coral. Sus cinco movimientos, aunque relacionados con la vida de Kullervo, suenan independientes y únicamente en el tercer y quinto movimiento aparece la voz, tanto a través de la coral como de los solistas, quienes cantan poemas del Kalevala,  un poema épico del siglo XIX  que parte de fuentes folclóricas finlandesas. En ese tercer movimiento  cuando se inicia el diálogo cantado entre el coro y  los solistas. Aunque la obra indique la participación de una mezzo, se acudió a la soprano finlandesa  Johanna Rusanen, la cual, gracias a su hermosa voz dramática pudo  con una partitura que contiene gran número de notas de paso y notas graves. Además y al ser una cantante finlandesa, a su hermosa voz  acompañó la expresión y el requerido sentimiento. La participación del barítono Kevin Greenlaw , si bien en la obra no tiene la importancia de la citada soprano, tampoco tuvo la calidad vocal de aquella y  su voz quedó un tanto solapada  y menguada por la música. En cuanto al coro, sonó solemne y grave, con el color dramático requerido, siempre empastado gracias  a la facilidad que otorga un ritmo repetido de marcha. El coro atacó el comienzo del quinto movimiento con muy bello pianísimo, casi a capella y con un aire ciertamente litúrgico para describir el suicidio de Kullervo. Excelente la labor del maestro  Erik Nielsen, siempre atento tanto a los instrumentistas como a los vocalistas, claro en el gesto y propiciando a la obra la pátina de drama y grave solemnidad que respira.