FESTIVAL MUSIKA-MÚSICA

Musika-Música.Obras de Guridi y Musorgski. Sociedad Coral y Orquesta Sinfónica de Bilbao, Dirección musical: Lucas Macias.Teatro Arriaga 1-III-24. 

                                        CUADROS MUSICALES                                           

El título del concierto inaugural de Musika-Música, se reflejó de un modo alegórico en los marcos colgados en la pared negra dispuesta al fondo del escenario del Arriaga. El programa anunciado iba a consistir en una noche de cuadros musicales, tanto vascos como rusos. Los que atañían a Guridi se iniciaron con el susurrante canto de la Sociedad Coral abordando el “Boga Boga” en pianísimo y con resultado muy efectista que se repetiría como motivo central del “Eusko Irudiak”. De inspiración abiertamente popular e impregnada del folklore, las conocidas piezas vascas de las que consta, desarrolladas por la Coral bilbaína y la Sinfónica, mostraron su hermosa armonía y su brillante orquestación. Apretujada al fondo del escenario, la situación de la Coral no fue la mejor y la más cómoda, al tener los más de ochenta músicos delante. De ahí que las voces de la agrupación nos llegaban algo atenuadas y sin demasiado vigor viéndose obligadas a superar a la ingente orquesta. En cuanto a los “cuadros” de Musorgski, compuestos en homenaje a su amigo el pintor Hartmann, nos pasearon con tristeza por la imaginaria exposición pictórica. La trompeta inició la pieza del nacionalista ruso con sonora nitidez, secundado luego por el buen trabajo del oboe, corno inglés y fagot en las llamadas transiciones de cuadro a cuadro o “promenades” (paseos) que sirven de cambio en los muy diferentes temas. Diez temas para describir los diez cuadros engarzados entre ellos por esa pieza que escuchamos varias veces. La nutrida sinfónica bilbaína, estuvo a cargo de Lucas Macías, entregado y muy centrado en ambas obras. Aunque más reconocido como oboísta, el onubense dirigió el concierto inaugural de Musika-Música con gran eficacia.

Musika-Música. Recital de Canto. Solistas: Sabrina Gárdez (S); Marco Evengelisti (Piano). Obras de G.Puccini. Palacio Euskaduna 2-III-24. 

                                        GRATA SORPRESA VOCAL                                           

Elegimos asistir a este evento, el integral de las canciones de cámara de Puccini, no solo para recordar la belleza de estas, sino también con la curiosidad de comprobar la voz que iba a interpretarlas. No en vano cantar a Puccini requiere a una intérprete cuya voz se ajuste a una intensidad y a un colorido vocal que, en principio, resulta extraño que se dé en una joven soprano. La sorpresa fue muy grata porque la voz lírica de Sabrina Gárdez, se adecuaba con el estilo preciso. La cubana enseñó una voz con cuerpo, cálida y poderosa. Su canto, siempre en tesitura alta, no perdió la igualdad en sus diferentes registros, manteniéndose incólume en todo momento. Además, la joven soprano se mostró valiente al interpretar “Morire”, sin evitar el abordar las notas altas con naturalidad y dejando claro que está en posesión de aptitudes inusuales. Tal vez la corporeidad y volumen de su voz la impidieran controlar la intensidad en algunos momentos o que mostrara una mayor elegancia en su línea de canto. Sin embargo, también esa observancia en cuanto a dulzura la logró cuando en las últimas canciones, interpretó con gracia “Casa mia, casa mia” y luego con gusto y elegancia “Canto d´anima”. Bien secundada por el pianista italiano Marco Evangelisti, quien ejecutó con destreza el “Intermezzo” de la ópera Manon Lescaut, la joven soprano cantó como propina el “vals de Musetta” de La Boheme. La cantó con control y ese poderío vocal que no le faltó en ninguna de las doce canciones que figuraron en el integral de las canciones de cámara escritas por Puccini.

Musika-Música. Stabat Mater de Poulenc. Solistas: Camilla Tilling (S); Sociedad Coral de BVilbao y Orquesta Sinfónica de Navarra. Dirección: Perry So. Palacio Euskalduna 3-III-24.

                                            GRANDIOSO STABAT MATER                                                   

En esta nueva ocasión, la actuación de la Coral bilbaína se mostró grandiosa, como hermosa es también la obra interpretada del francés Poulenc. La majestuosidad y la conjunción que mostró la agrupación en los movimientos lentos y tranquilos, tuvieron una respuesta enérgica en otros y sobre todo, destacaríamos en su haber la dulzura y compenetración lograda en los dos movimientos en los que intervinieron a capella. La agrupación bilbaína se sintió muy cómoda en ese canto alternativo del pianissimo al forte y así mismo, se convirtió en una ayuda esencial en las intervenciones de la soprano. Una soprano que mereció un éxito sin tacha gracias a una voz cálida y de afinados y certeros ataques a las notas altas. Volvió a solventar con facilidad su segunda intervención “Fac ut portem” con su escritura llena de saltos de tesitura y a la que el coro respondió con una elegancia de sonoridad murmurante. La artista sueca terminó su actuación con un movimiento final, “Quando corpus”, que fue de lujo al emitir la voz con una pureza y una afinación sin mácula. La dirección del hongkonés Perry So, titular de la orquesta navarra, nos pareció un tanto atlética por sus exagerados movimientos en el atril, si bien, la eficacia de su batuta pudo llevar a buen puerto la magnífica obra de Poulenc.

                                              NOCTURNOS                                             

Uno de los cierres del ciclo Musika-Música consistió en la actuación del trío formado por la soprano Isabel Molnar, la mezzo Ainhoa Zubillaga y el barítono Juan Laborería. Nos quedaremos con los seis nocturnos de Mozart cuyas interpretaciones a media voz resultaron muy elegantes y finamente interpretados Algunos de ellos basados en textos de Metastasio y sirvieron para óperas como Siroe u Olimpiade. El trío logró un bello color en esas canciones de amor a las que Mozart puso encantadora música. El resto del programa transcurrió en otros ambientes diferentes, aunque siempre con el denominador común de la nocturnidad musical. Intervenciones tanto en solitario como en dúo siguieron en un programa bien pensado y agradable. La originalidad de interpretar a trío un recital no deja de ser novedad y las tres voces recibieron el aplauso de los asistentes tras cantar el muy bello trío “Soave sia il vento” del Cossí Fan Tutte de Mozart.


RIGOLETTO

“Rigoletto” de G.Verdi. Reparto:Enkhbat Anartucshin (Bar); Ismael Jordi (T); Sabina Puértolas (S); Emanuele Cordaro (B); Carmen Topciu (M); F,Latorre (Bar); Marifé Nogales (M); J.M.Diaz (Bar):Coro de la Opera de Bilbao. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Dirección de Escena: Miguel del Arco. Dirección Musical: Daniel Oren. Bilbao 17-II-24    

Hacía tiempo que no escuchábamos una voz poderosa, oscura y contundente para encarnar el papel de Rigoletto. Una voz que recordaba el fiato de Piero Cappuccilli o la igualdad cromática de la voz de Leo Nucci. Las expectativas creadas en torno al barítono mongol Enkgbat Amartuvshin se han cumplido y con creces. Supo exponer vocalmente los claroscuros del personaje, estuvo centrado en su parte, aunque le apreciamos cierto estatismo en su actuación teatral. En pocas ocasiones se ha pedido un bis a una voz baritonal y aunque sea un dúo, el furor que imprimió Rigoletto a “la Vendetta” fue lo que motivó la repetición de esta cabaletta. La presencia de este gran barítono, sin duda hay que aprovecharla para las representaciones de futuros grandes títulos.

A su lado, con su característico gusto y su cuidada línea de canto, el tenor Ismael Jordi interpretó a un duque de Mantua elegante. No fue el acostumbrado y jovial conquistador en constante movimiento y con la sonrisa en la boca, sino que su actuación la catalogaríamos de seria, incluso en su primera cavatina o en la conocida aria “La donna é mobile” en las que hay que mostrar la jovialidad donjuanesca. No quiso ir al do de pecho en la cabaletta que sigue al aria, lo cual nos resulta absurdo ya que se evita la única dificultad que posee. Seguimos creyendo que el jerezano no es el tenor lírico ideal para el duque pues posee una voz algo clara y ligera para un personaje que requiere una voz con más cuerpo. Aun así, su seguridad en dar las notas altas y la finura de su media voz, bastaron para que el público se le entregara.

Por otro lado, también hubiéramos preferido una voz de soprano con un centro más lleno y con más volumen en general, que la mostrada por Sabina Puértolas. Hubo mucho contraste vocal en los dúos con el barítono y alguno resultó hasta frío ya que la voz de ella se hallaba solapada por la magnitud vocal del artista mongol.  En su canto como Gilda acudió sobremanera al pianísimo y junto con sus filados bien controlados, sirvieron como elementos requeridos en la primera parte de la ópera. En la segunda mitad, su voz con el cambio de personalidad hacia lo trágico careció de peso y en consecuencia del dramatismo requerido. Su actuación gustó, y así lo juzgó el público con cerradas ovaciones.

La representación obtuvo el plácet del respetable en gran manera también por la dirección musical a cargo de Daniel Oren al frente de la Sinfónica bilbaína. Con claro gesto ordenó y animó a los cantantes, y como mantuvo a la orquesta en muy bajos decibelios, pudimos escuchar al tenor y a la soprano con bastante nitidez a pesar de estar situados un tanto al fondo del escenario. El director israelí sacó el máximo partido de los dos, controló a la sinfónica y les exigió una lectura moderada. Mencionemos la limpia y bella introducción del oboe en la gran página del barítono en la corte buscando a su hija. En cuanto a la producción, el exponer tan insistentemente unas imágenes de desnudos y de continuos soeces gestos en las figurantes femeninas definen la obsesión del director Miguel Arco. Sin embargo, si excluyéramos esas imágenes alegóricas, podríamos decir que se trata de una producción novedosa y muy teatral.


CANRTO INMACULADO

“Concerto italiano”. Solistas: Carlotta Colombo (S); Sonia Tedla (S); Ugo di Giovanni (Tiorba), Dirección y clavicémbalo: Rinaldo Alessandrini. Teatro Arriaga 25-I-24.          

 Con la llegada de Monteverdi a la corte de Mantua, entre sus innovaciones, también el empaste vocal evolucionó hacia el virtuosismo. En esta visita del “Concerto italiano” al teatro Arriaga, la compenetración presenciada entre las dos sopranos en el concierto fue tal que los asistentes no pudimos sino rendirnos ante la elegancia y la finura de sus respectivos cantos. Alternando arias de “L´Incoronazione di Poppea” con dúos de los madrigales compuestos en Venecia, el responsable Rinaldo Alessandrini apenas dirigió su mirada a las intérpretes ya que se manifestaban seguras y autónomas en el discurrir de su actuación. Con la voz más ligera y clara una de ellas y más oscura la otra, la coloratura en ambas rayó la perfección.  En el canto “spianato” y dolente, ambas mostraron una gran expresividad además del sentimiento intrínseco que figura en el texto. Si la conjunción vocal ya es dificultosa en el canto melismático en un dúo, lo es aún más en la agilidad extrema en ese mismo dúo, tan magistralmente resuelta por Carlotta Colombo y Sonia Tedla. A la intervención impecable en un solo a cargo de una de ellas, seguía otra interpretación de igual mérito que la anterior y ambas desembocaban en el apacible lamento cantado con certera afinación y gran elegancia. Rinaldo Alessandrini, sentado al clavicémbalo las esperaba, las atendía con teclado de seda, sin ningún ademán exagerado, con la satisfacción de ofrecer un canto puro cuyo secreto radica en el continuo ensayo y preparación previa, que no en vano arropan cuatro décadas de éxito. No se trató de un concierto popular, ni este tipo de música del primer barroco lo pretende. Fue un concierto de canto inmaculado, un recitar-cantando de hermoso fraseo e intencionalidad y no exento de virtuosismo.

                                     


CANTO DE OLVIDADOS

Recital de canto. Solistas: Naroa Intxausti (S); Aurelio Viribay (Piano). Obras de Joan Thomas; Julián Bautista; Salvador Bacarisse ; María Rodrigo; Fernando Remacha y Emiliana Zubeldia. Teatro Arriaga 24-I-24.       

 En una especie de homenaje a compositores olvidados, marginados y exiliados, la voz de la soprano Naroa Inchausti y Aurelio Viribay al teclado, ofrecieron un programa inédito e interesante. Una pieza del mallorquín Joan Thomas sirvió de entrada a los compositores madrileños Julián Bautista y Salvador Bacarisse inscritos en el “grupo de los ocho”, muy relacionados con la república y ambos exiliados. La voz de la soprano Naroa Intxausti se mostró limpia y firme al abordar el “villancico de las madres”.  La artista, pasó luego a dar a conocer en un bien fraseado francés varias canciones hasta adentrarse en el impresionismo de Debussy recitando con gran expresividad a Salvador Bacarisse, el exiliado en Paris. Se cerró la primera parte con tres nanas y letra de Rafael Alberti, un poeta tan relacionado con la república. El programa no estuvo exento de dificultad y la exigencia en alta tesitura de algunas piezas, la soprano las solventó con absoluta seguridad. Aurelio Viribay aprovechó el descanso de la soprano para ofrecer una brillante y enérgica jota compuesta por María Rodrigo, exiliada en Puerto Rico. A continuación, y precediendo a seis canciones vascas populares, la soprano Intxausti abordó una elegía melismática, o sea, sin letra, en memoria de Jesús García Leoz con gran afinación y sentido musical y finalizó su actuación con la compositora navarra Emiliana de Zubeldia, cuya carrera transcurrió en Méjico. De esta ofreció, con la gracia requerida, media docena de cortas melodías populares. Excelente binomio artístico y excelente programa de composiciones de algunos de nuestros músicos olvidados.


Insuficiente Mozart

“El Rapto en el Serrallo” de W.A.Mozart. Reparto: Jessica Pratt (S); Moisés Marin (T); Leonor Bomilla (S); Mikeldi Atxalandabaso (T); Wojtek Gierlach (B); Wolfang Vater (actor). Coro de la Opera de Bilbao y Orquesta Sinfónica de Euskadi. Dirección de Escena: Mariano Bauduin; Dirección Musical: Lucia Marin. Bilbao 20-I-24.    

Tal vez porque se trata de un singspiel, es decir, una obra además de cantada, con diálogo hablado, o tal vez por la lentitud en el desarrollo de la acción, o simplemente por la carente teatralidad y vis cómica, la representación mozartiana nos condujo a un estadio de desinterés. No bastó con la actuación de la eximia soprano Jessica Pratt. No bastó que su encarnación como Constanza soportara el peso de la obra y admiráramos su arte canoro. La obra requería un conjunto de mayor nivel, el equilibrio vocal suficiente como para colaborar y competir con la gran soprano australiana. De hecho, hasta su entrada en escena, reinó el silencio en la sala y no se aplaudió hasta que interpretó su primera aria. Sus grandes momentos de lucimiento se iniciaron con “Ach ich Liebte” en la que expresó su sentido dolor y la fidelidad a su amado a través de un canto de elegante línea, de sentida expresividad y exquisito gusto. Luego, en la extenuante aria “Martern aller arten” exhibió su coloratura, su agilidad y su facilidad desnudando por completo sus amplias facultades vocales.

No hubo otra voz que guardara el estilo mozartiano, salvo la presencia y el adecuado canto de Leonor Bonilla, una “souberette” que, con su ligera y limpia voz, cantó con el debido gusto y una absoluta seguridad. Una seguridad que faltó en el tenor Moisés Marin, quien, además de cantar casi heroico, o sea, sin suavidad, la voz no le respondió en un par de ocasiones. Esperemos que no le suceda en las representaciones posteriores. El rol de Osmin, a cargo del bajo Wojtek Gierlach resultó poco creíble y muy estático, aunque enseñó una agradable voz aterciopelada. Ni él mismo creía en lo que cantaba y en consecuencia, su acción teatral resultó inverosímil y sin vis cómica. Desde el punto de vista canoro, en su exigente aria “O wie will ich triumphieren” apenas gesticuló y las notas más graves carecieron de la más mínima sonoridad. El segundo tenor, Mikeldi Atxalandabaso, se vio sujeto a unas escuetas directrices del responsable escénico que le impidieron lucir su habitual comicidad, aunque vocalmente cuajó una labor siempre segura, compartiendo laureles con su compañera Blonde (Leonor Bonilla). Cerró el círculo vocal y compartió el éxito con los dos citados la eficaz aportación coral en su reducida intervención.

La batuta de Lucia Marin al frente de la Sinfónica de Euskadi se nos hizo poco estimulante. La directora jienense se preocupó más de leer la partitura y dirigir a la orquesta, que, de mirar y guiar con más atención a los cantantes, salvo en los concertantes en los que tuvo que levantar la cabeza. La mencionada lentitud en el desarrollo de la acción partió de una dirección escénica sin creatividad y de los largos silencios de espera. La precariedad del decorado se debió a que tan solo lo componían una simple tarima central y cuatro paredes ocupando el escenario, además de dos figurantes que hacían de jenízaros.


UN «ELIXIR» ANODINO Y SIN EFECTO

“L´Elisir D´Amore” de G.Donizetti. Reparto: Elena Sancho Pereg (S); Joel Prieto (T); Pablo Ruiz (Bar); Paolo Bordogna (B); Coro de la Opera de Bilbao. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Dirección de Escena: Marina Bianchi. Dirección Musical: Iván López Reinoso. Bilbao 18-XI-23.  

 Comparar el binomio protagonista de esta representación con respecto a las vividas por la afición bilbaína con anterioridad en esta misma ópera, sería ridículo. Sin embargo, no hay más remedio que echar mano de la comparativa para catalogar a esta nueva representación en su justa medida. Vaya por delante que, salvo la liviandad y escaso volumen de voz de la soprano Elena Sancho, fue ella la intérprete más ajustada al belcantismo. Cantó siempre muy segura, eso sí sin alardes, pero con gran musicalidad y gusto en su línea de canto. Por lo demás, en una producción pobre y de escasa calidad en la que el tenor daba la imagen de un mecánico en lugar de un campesino, es lógico que en la precariedad se acudiera a un  artista poco experimentado.

A la voz de Joel Prieto de color lírico más que ligero, le faltó finura y elegancia en su canto, salvo en la famosa aria “Una Furtiva Lágrima”. Diríamos que tiene mucho que recorrer y además seleccionar un repertorio adecuado para una voz que se incomoda en las notas altas.

El papel de Belcore, el descarado sargento, correspondió al barítono Pablo Ruiz, empeñado en cantar siempre a viva voz, sin matices ni inflexiones como por ejemplo en la bella y marcial aria “Come Paride Vezzoso” y hasta nos pareció que su voz tenía más corporeidad y gravedad que la del mismo bajo. Desde el punto de vista teatral, este barítono se mostró capaz de llenar la escena y de participar con soltura en la acción. El bajo que en este caso no era un bajo-bufo porque su voz ni era muy grave ni tuvo genialidad cómica y que encarnó al vendedor ambulante, fue Paolo Bordogna. Diríamos que tuvo el mérito de intentar representar con su gesto lo que no podía por la falta de una voz de verdadero bajo bufo. A su favor, la agilidad y rapidez en la modulación vocal para salvar sus vertiginosos fraseos.

El Coro de la Opera de Bilbao, no desaprovechó la ocasión para erigirse como elemento principal y tanto la sección femenina como la masculina volvieron a mostrarnos su valía y garantía de buen hacer. Como un personaje aparte, pero al mismo tiempo junto con el coro, percibimos la figura de Gianetta encarnada por Marta Ubieta, siempre atractiva y musical. En el “corre,corre” musical general, impuesto por el maestro Iván López, en más de una ocasión su batuta perdió la concertación general aunque por el contrario, hubo ocasiones, sobre todo con los solos del tenor, en las que ordenó una lentitud exagerada. En definitiva, como se suele decir, una de cal y otra de arena, o sea, de un primer éxito en Romeo y Julieta a un segundo título, L’Elisir D’Amore, tal vez más   apropiado para otro tipo de teatro y afición.


BANAL CRÍTICA LÍRICA

“Malos tiempos para la Lírica”. De Albert Boadella y Martina Cabanas. Reparto: Maria Rey Joly (S); Antonio Comas (T); Teatro Arriaga 11-XI-23.    

 Elementos básicos concernientes al canto como el reinicio en la búsqueda de la voz perdida, la discusión comparativa entre la música moderna y la lírica, o la vivencia amorosa en tiempos pasados entre un profesor y una alumna, forman la estructura de esta obra semi teatral. Albert Boadella y Martina Cabanas no han dudado en presentarnos a un recluido y refunfuñón profesor anclado en su pasado zarzuelero visitado por una exalumna que triunfa con lo moderno. La obra se podría definir como una gran caricatura del aprendizaje a cantar con un maestro que nos quiere convencer de que con dolor se canta mejor y una alumna que le solicita ese dolor para poder cantar bien. Entre la banalización, las discusiones reiteradas y el ánimo de degradar tanto lo antiguo como lo moderno, los autores al final nos dejan la duda de si un mundo pasado, según ellos, es preferible al frenetismo de la música moderna. La soprano María Rey Joly nos suavizó la velada con su atractiva presencia y su bella e íntima versión de la romanza “Palomica aragonesa” cantada con mucho gusto. La soprano madrileña cuajó una excelente actuación no exenta de una gran sensualidad en escena. En cuanto al tenor Antonio Comas, su canto se escudó en la vejez inherente al personaje que representaba y salvo el dúo “Qué tiempos aquellos” de la zarzuela El Manojo de Rosas, su voz, no siempre afinada, dejó mucho que desear cuando estuvo obligado a enseñarla. Una personal visión de Boadella y Cabanas del arte lírico, en concreto de la zarzuela, en la que no faltaron apuntes de las más conocidas romanzas.


Espléndida y Cautivadora soprano

“Romeo y Julieta” de Charles Gounod, Reparto: Javir Camarena (T); Nadine Sierra (S); Andreij Filonczik (Bar); Marko Mimica (B); Anna Alás Jové (S); Alejandro del Cerro (T); Itxaro Mentxaka (M); José Manuel Diaz (Bar); Fernando Latorre (Bar); Juan Laborería (Bar). Coro de la Opera de Bilbao- Orquesta Sinfónica de Euskadi. Dirección de Escena: Giorgia Guerra. Dirección Musical: Lorenzo Passerini. Bilbao 21-X-23       

 Ni la daga ni el veneno, a pesar del inexorable destino de Romeo y Julieta, impidió que los asistentes a la presentación de la soprano Nadine Sierra en Bilbao halláramos una gran satisfacción. La joven soprano cautivó desde el principio con una versión juvenil y grácil del vals del primer acto, cantó viviendo los hermosos dúos junto al tenor y reflejó en su magnífica actuación un dramatismo en su personaje que se nos hizo muy verosímil. La voz de la artista norteamericana resultó bella, ágil y emitida con facilidad. Artista dotada de una gran técnica, dominó también el legato con su excelente fiato. Apareció tan natural en escena que al principio Javier Camarena pasó un tanto desapercibido.

Tras los merecidos aplausos que el mejicano recibió una vez de haber cantado su aria “Ah lève-toi soleil” con finura y seguridad vocal, se evidenció la simbiosis artística entre ambos protagonistas. Sus continuas invocaciones a la noche, como por ejemplo en el segundo acto “O nuit divine” proporcionó a su voz una luminosidad que las extrañas filmaciones del fondo del escenario no lograban. El fino y sutil timbre de voz de Camarena a veces quedaba apagado ante la sonoridad de su colega y hasta nos pareció que, para sus características vocales, el papel de Romeo le resultaba incómodo por ser algo central. Aún así, su canto expresó una gran dulzura y teatralmente se dejó guiar por el camino de la sensualidad señalada por Julieta.

El barítono Andreij Filonczik quien encarnó a Mercutio, solventó muy bien la complicada aria de “la reina Mab” demostrando rapidez de modulación en una voz de claro timbre. También nos gustó la sonora y rica voz de Alejandro del Cerro que se presentaba en Bilbao en el papel de Tebaldo y el bajo Marko Mimica dejó constancia de la oscuridad de la suya, aunque no muy modulada.

El coro de la Opera de Bilbao volvió a ser protagonista y ya desde el principio mostró la calidad y preparación que atesora al ofrecer con tanta delicadez el racconto del inicio de la ópera y el susurro originado al decir “Ah qu´elle est belle” o la grandiosidad de sus restantes intervenciones. Por otra parte, se hizo evidente la inclinación del maestro Lorenzo Passerini a que el público aplaudiera con él levantando en alto sus manos para que se le viera bien. Animó mucho eso sí a los intérpretes y supo dirigirlos bien. La Orquesta Sinfónica de Euskadi nos deleitó con la delicadeza del noctuno y del interludio. En cuanto a la modesta y convencional producción, una torre móvil y unas abstractas filmaciones secundaron la grisácea producción.


LA LITURGIA DE HAYDN

“Misa Nelson” de J.Haydn. Reparto: Heidi Stober (S); Rachel Frenkel (M); Martin Mitterrutzner (T); Stefan Cerny (B), Orquesta Kammedrphilharmonmie de Bremen. Andra Mari Abesbatza, Dirección MusicaL. Omer Mweir Wellber. Quincena San Senastian 1-IX-23.           

 Tras la interpretación de la Primera Sinfonía de Beethoven, con su relajado andante del segundo movimiento y el scherzante tercer movimiento a modo de minueto, asistimos a continuación y como colofón de la Quincena donostiarra a una de las seis misas que compuso Haydn. Se trata de la conocida como “Misa Nelson”, aunque el compositor la llamó “Missa in Angustis”. La casualidad hizo que se la conozca como “Misa Nelson” al coincidir que Napoleón fue derrotado por el almirante inglés Horacio Nelson en la batalla del Nilo. El enérgico y claro gesto del director Meier Wellber catapultó a la obra hacia derroteros de altura en lo instrumental, pues en lo vocal no todas las voces merecieron un reconocimiento. La agrupación coral Andra Mari Abesbatza se erigió en el primer protagonista del éxito ya que sus respectivas secciones mostraron una gran ductilidad y musicalidad. No les faltó poderío en el Kyrie ni la suavidad susurrante en el Sanctus y si además la coordinación y la obediencia a las manos del maestro alemán se hizo patente, es lógico destacarla. Entre las voces que siguieron el camino exitoso del Andra Mari, señalemos a la poderosa voz de la soprano norteamericana Heidi Stober, la cual, pudo exhibir también una notable agilidad vocal. Le siguió en méritos el excelente bajo Stefan Cerny, cuya cavernosa y amplia voz sorprendió muy gratamente. No se pudieron asociar con el éxito ni la mezzo Frenkel ni el tenor Mitterrutzner ya que sus respectivas voces no parecieron ser muy audibles en sus cortas intervenciones. Las puntuales y precisas órdenes del maestro Meier Wellber, sus claros gestos sentado al clavicémbalo y su desbordante energía, desembocaron en una excelente versión de la Misa in Angustis de Haydn.


DRAMATISMO MUSICAL GRIEGO

“Oedipus Rex” de Stravinsky. Reparto: Peter Marsh (T); Claudia Mahnke (S); Michael Petrenko (B); Fernando Latorre (Bar); Irene Jacob (Narradora); Damián del Castillo (Bar); Aitor Garitano (t), Easo Abesbatgza y Orquesta sinfónica de Bilbao. Dirección artística: Santo Arnal. Dirección Musical: Erik Nielsen. Quincena San Sebastián 24-VIII.23    

 Stravinski se decidió por el latín para el texto de su ópera y además abordarla como un trabajo impregnado de dramatismo. La aportación de incluir a un narrador (narradora) en francés, se debió a Jean Cocteau el autor del libreto, de manera que los solistas y el coro cantaron en latín y las explicaciones de la declamadora, Irene Jacob, nos llegaban francés. En la puesta en escena se evitó un estatismo total, pues las máscaras y demás esculturas que figuraron en escena cobraron cierta vida a modo de intercambios o suplantaciones personales. En el ámbito canoro, a pesar de las exigencias del papel de Edipo para un tenor que pudiera mantener el peso y la amplitud del papel, el norteamericano Peter Marsh con su penetrante voz de lírico ligero pudo convencernos. Se mostró brillante y seguro en los escasos adornos prodigados y firme en los cambios vocales en forma de escalas. Nos gustó aún más la soprano Claudia Mahnke, anunciada como mezzo, pero que por su timbre y color encaja perfectamente en roles dramáticos. Una artista que exhibió una voz hermosa, llena de armónicos. Así mismo, causó una muy grata impresión la voz del bajo Michael Petrenko quien encarnó a Tiresias con contundencia y agradable timbre vocal y se puede afirmar que también destacó el barítono Fernando Latorre con un canto cortante que pedía el papel y que iba muy bien a sus características vocales. El coro, otro protagonista importante en la obra, imitó con su estatismo y sus máscaras la tradición del antiguo coro griego y en este caso, el Easo Abesbatza, compuesto únicamente de hombres, selló la gravedad intrínseca de la obra con profundidad y severidad unísona. Los esfuerzos de dar vida al estatismo por parte del director artístico Santi Arnal se tradujeron en marcados bailes y en la movilidad de la mascarada alrededor de unos elementos arqueológicos de museo. El maestro Erik Nielsen condujo a su Sinfónica de Bilbao por los cauces dramáticos requeridos y evitó con su versión caer en una exagerada lentitud del ritmo musical.


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