“Adriana Lecouvreur” de F.Cilea. Reparto: María Agresta (S): Jorge de León (T); Silvia Tró (M); Carlos Alvarez (Bar): Jorge Rodriguez (T); Luis López (B); Olga Revuelta (S); Anna Gomá (S); J.M.Díaz (Bar); Josu Cabrero (T). Coro de la Opera de Bilbao y Orquesta Sinfónica de Bilbao. Dirección de Escena: Mario Pontiggia. Dirección Musical: Marco Armiliato. Bilbao 22-XI-25

Finalmente, y tras varios títulos de menesterosas puestas en escena, pudimos contemplar el sábado una producción de hermosa factura. La elegancia de la escenografía se unió al cuidado vestuario de época y hasta disfrutamos de verdad con la escena de la danza que pocas veces se ha presentado con dignidad. Una producción lujosa no podía ir de la mano de una intérprete que no fuera distinguida. De ahí que María Agresta la soprano que encarnó el rol de la actriz teatral, mereció la admiración general y no sólo por su hermosa voz, llena y su amplio fiato, sino porque su desenvoltura teatral nos pareció magnífica en cuanto a entrega y expresividad. Si la bellísima aria “Io son l´umile ancella” del principio contó con una versión sin mácula, mejor fue aún su aria final “Poveri Fiori” cantada con gran carga emocional, belleza lineal y control absoluto, culminando así un papel muy apropiado para ella. Su amado Mauricio, interpretado por Jorge de León se mostró siempre seguro en la dificultad evidenciando la brillantez de sus notas altas tan “squillantes”. Como tenor “spinto” que es y al cantar con mayor empuje, no prodigó la media voz y se nos hizo un tanto antagónico con el verismo cortesano que requiere algo más de elegancia en el canto. Ahora bien, dejó en muy alto lugar su versión calmada y grave del aria “L´anima o stanca” y en la actualidad no hay muchos tenores que afronten con su valentía este tipo de papeles aptos para grandes voces. La voz de la mezzo Silvia Tro la escuchamos con agrado en su aria “Acerba Volutá” la cual se nos hizo brillante, así como luego nos complacería en la réplica a la soprano en el hermoso dúo amoroso entre ambas. Por otro lado, volvía a Bilbao el barítono malagueño Carlos Alvarez en el papel de Michonnet. Aunque sin la sonoridad de antaño, siguió enseñando el terciopelo de su voz, el fraseo tan intencionado y una labor teatral comedida al dotar a su personaje de la lealtad y la timidez del enamorado con lo que resultó automáticamente empático. Distingamos finalmente al coro, sobre todo la parte femenina en la escena de la danza y un aplauso para el cuarteto que resolvió meritoriamente los dos complicados y rápidos concertantes. Volvía también a Bilbao el maestro Marco Armiliato y diremos en su favor que, si la hermosa música y la cuidada melodía de Cilea mereció la esplendidez, fue gracias a su experta batuta dirigiendo a la Sinfónica bilbaína. Ello, no solo porque permitió brillar a las voces con un tempo acorde a sus necesidades, sino porque captó muy bien la intensidad dramática de la obra.

Deja un comentario