La dificultad y la aptitud del elenco para la interpretación de esta ópera de Verdi nos dejaban la huella de la duda. Aunque intuíamos que el barítono que encarnaba a D. Carlo nos iba a satisfacer, así como la hermosa voz de la pacense Carmen Solís, dudábamos del estreno en Bilbao del tenor Angelo Villari. En efecto, la soprano Carmen Solís ya nos empezó a mostrar su voz llena y hermosa en las notas centrales con su notable corporeidad desde que entonara “La Vergine degli angeli”. En su completa labor tan solo advertimos cierta justeza al abordar algunas notas altas en las que su voz se tensionaba como le ocurrió en “Madre Pietosa”. En cambio, al controlar su intensidad, la media voz se hizo sutil, y elegante su línea de canto. Atrajo la atención del auditorio y con ello el unánime aplauso al abordar “Pace,pace mio Dio” aria en la que mostró perfecto control vocal a media voz. Una cosa rara en esta ópera de Verdi es que a la soprano no le dio la importancia vocal que daría al tenor.
La primera presencia de Angelo Villari en Bilbao habría que subrayar que tuvo dos vertientes. Una e importante, el escuchar a un D.Alvaro de timbre spinto-heroico como debe ser. Es decir, un tipo vocal difícil de manejar y de emitir con lo que la continua presencia en escena de este tenor y el consiguiente esfuerzo en un papel muy exigente acabaría con su fatiga tras cantar el recitativo “La Vita é un inferno”. Al abordar a continuación en muy alta tesitura para esta tipología de tenor spinto el aria “O tu che in seno agli angeli” salvó muy justo la nota final. A destacar el hermoso dúo que escenificó con el barítono cuando es herido. Ese momento y como segunda de nuestras dos apreciaciones, admiramos al artista italiano cantar tumbado boca arriba con la dificultad que ello supone “Solenne in quest´ora” de manera ejemplar. Esperemos que mantenga incólume la voz en las funciones restantes.
Acerca del barítono Juan Jesús Rodríguez presumíamos de antemano su buena labor. Hace ya tiempo que se escucha su cálido timbre y su segura facilidad y homogeneidad al acceder a las notas altas. Apreciamos sobremanera su claro recitativo-monólogo “Morir, tremenda cosa” para abordar inmediatamente con gran fiato “Urna Fatale” con su inefable sostenido agudo. Destaquemos así mismo la labor cómica de Luis Cansino, quien suple siendo un barítono, al típico bajo bufo italiano con gracia y una voz muy clara. El rol del padre guardián recayó en el alicantino Manuel Fuentes quien en su doble cometido cumplió con su actuación. El nutrido coro bilbaíno brilló en sus intervenciones tanto con la mezzo Kemoklidze que encarnó a una Preciosilla poco musical, como con en la susurrante escena de los frailes del convento. Citemos del resto del reparto las correctas participaciones del barítono Latorre o de la mezzo Marife Nogales en su papel de Curra la doncella de Leonor.
Por último y si la interpretación vocal fue válida, no así su pobre escenografía disimulada por una superposición de planos excesivamente lenta al acoplarse en uno. Lo cierto es que los tiempos cambian y los duelos a espada y las negras capas de paño desaparecen hoy día por voluntad de los directores de escena en su pretendida “actualización”. Menos mal que ante la austera producción, el maestro Lorenzo Passerini mantuvo a la sinfónica de Euskadi en la máxima atención y tras la brillante obertura ofrecida, su labor general enérgica e incansable, volvió a demostrar que es un excelente “concertatore”.

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